En medio de la noche, con el cielo cubierto de nubes que amenazaban con dejar caer el aguacero, de un minuto a otro, el taxi se detuvo junto a la mujer.
—Qué bueno que paró —dijo ella acomodándose en el asiento trasero.
—Está por llover y no hay muchos colegas fuera a esta hora
—comentó el taxista.
—Ya creía que iba a pillarme la lluvia —agregó ella.
— ¿Dónde la llevo, señorita? —preguntó el hombre.
—Calle El Olmo número 13 —indicó la pasajera, leyendo un papel que sacó de su pequeño bolso de mano que hacía juego con su vestido y su calzado.
—Eso queda casi fuera de la ciudad —observó el conductor.
—Voy a una fiesta en casa de una amiga —contó ella.
—Ya decía yo, por cómo anda vestida —comentó el taxista, fijos los ojos en los dorados y bien torneados muslos de su pasajera—. Si hasta parece una princesa.
—Oh, gracias, es usted todo un galán —contestó ella.
Durante unos minutos taxista y pasajera continuaron en silencio, hasta que este fue roto por el repiqueteo del celular de la mujer.
La mirada del hombre, que se paseaba indiscreta y descarada, entre los muslos y el escote, a través del espejo retrovisor, fue atraída de golpe hacia el costoso teléfono y el gran anillo de oro, que brillaba junto a una fina pulsera de brillantes.
—Ya voy en camino —contestó la mujer—. Llego pronto, nos vemos.
— ¿Falta mucho? —preguntó ella al conductor.
—Al menos una hora —respondió él—. Es que es al otro lado de la ciudad.
—Pucha, que le vamos a hacer —se lamentó la mujer moviendo de tal forma el cabello, que el taxista casi se pasó al carril contrario, por estar más concentrado en ella que en el camino.
—Está un poco resbaladizo el pavimento —observó él para excusarse.
—Es mejor bajar la velocidad, aunque nos demoremos más en llegar —sugirió la pasajera.
—Tiene razón, señorita —coincidió el taxista—. Pero igual podemos ahorrar tiempo si nos vamos por un atajo.
—Claro, ¿por qué no? —aceptó ella jugueteando con su bolso de fiesta.
Tomando una calle lateral, el taxi siguió avanzando paralelo a la avenida por la que se movía originalmente, encontrando cada vez menos vehículos a su paso.
—Por aquí hay menos tránsito —observó la mujer, mientras el taxista tomaba otra calle.
—Nos vamos a ahorrar varios minutos por aquí —indicó el taxista.
— ¿Pero no nos estaremos desviando demasiado? —observó la mujer, al ver que ya las calles estaban completamente vacías y solitarias y la iluminación era cada vez más deficiente.
—Confíe en mí, señorita —respondió el conductor—. Un último desvío y tomaremos una avenida directa a nuestro destino, que nos hará llegar en cinco minutos más.
—En ese caso está bien —aceptó la mujer algo inquieta.
…
—Llegamos —indicó el chofer al cabo de un rato, estacionando el taxi en lo que parecía ser un pequeño cerro, ya que se podía ver las luces de la ciudad más abajo.
—Pero me trajo a otro lugar —protestó la pasajera—. Lléveme inmediatamente dónde le mandé.
—Vamos, mijita; no se haga la difícil —dijo el hombre bajando del auto y abriendo la puerta de la pasajera.
—No ando con dinero —dijo ella asustada.
—Pero sus joyas y su celular son muy caros —observó el tipo—. Además, usted y yo podemos llegar a un acuerdo.
—No, por favor no me haga nada —rogó la mujer tratando de correr para huir de su atacante.
—No se ponga tímida, que la vamos a pasar bien los dos —insistió el hombre rompiéndole el vestido, al sujetarla de él y atraparla entre sus brazos.
Desesperada ella trataba de zafarse de la presión con que el tipo trataba de dominarla. Sin éxito sintió como con facilidad el hombre la giraba para ponerla de cara a él.
—Sí, trata de defenderte —la desafió—. Que así me gustan más.
— ¡Dije que no! —gritó la mujer, abriendo una boca desmesuradamente grande y oscura, como una mancha de tinta negra, en medio de un rostro con las cuencas de los ojos vacías.
— ¿Pero qué diablos? —preguntó el taxista, soltándola y retrocediendo unos cuantos pasos.
— ¡Dije que no quiero! —agregó la mujer, con una voz áspera y cavernosa.
El hombre corrió atolondradamente, tropezando y cayendo varias veces en su escape. Su reciente valentía había desaparecido, dando paso al pánico, que es mayor en el abusador que de improviso se ve superado en fuerza.
— ¡No quiero! —continuaba gritando la mujer que se encontraba cada vez más cerca.
En su huida, el tipo se torció un tobillo; lastimando sus manos al caer, con las puntiagudas piedrecillas desparramadas por el suelo.
El dolor punzante en su pie no le permitía alejarse lo suficiente de su perseguidora, que estaba por darle alcance.
Las lágrimas le llenaron los ojos, cuando los dedos huesudos de la mujer lo afirmaron de los hombros. La sensación de fierros caliente quemándole la carne, lo bañó en sudor frío y el dolor hizo que se le retorcieran los intestinos, haciéndolo caer de bruces, incapaz de mantenerse de pie.
Abrazándolo con fuerza, la mujer lo atrajo hacia sí.
— ¡Bésame! —ordenó ella con una voz mezcla de lamento, quejido y jadeo, áspera como el rechinar de metales.
El desgarrador alarido del hombre fue apagado de golpe, cuando la negrura surgida de la boca y los ojos de la mujer lo envolvió completamente, arrastrándolo a un abismo sin fondo y sin tiempo.
La oscuridad de la noche era rota por las llamas que devoraban el taxi, que ardía hasta quedar reducido a una pila de fierros quemados.
…
El viento desplazaba suavemente las nubes; la luna juguetona se escondía y asomaba. La brisa tibia anunciaba que la lluvia pronto comenzaría a caer.
El taxi se detuvo lentamente en el paradero.
—Buenas noches —saludó el taxista—. ¿Dónde la llevo?
—Buenas noches —contestó la mujer, acomodándose en el asiento de atrás—, calle El Olmo número 13, por favor.
-Autor desconocido
El oso de la oscuridad 🐻
—Qué bueno que paró —dijo ella acomodándose en el asiento trasero.
—Está por llover y no hay muchos colegas fuera a esta hora
—comentó el taxista.
—Ya creía que iba a pillarme la lluvia —agregó ella.
— ¿Dónde la llevo, señorita? —preguntó el hombre.
—Calle El Olmo número 13 —indicó la pasajera, leyendo un papel que sacó de su pequeño bolso de mano que hacía juego con su vestido y su calzado.
—Eso queda casi fuera de la ciudad —observó el conductor.
—Voy a una fiesta en casa de una amiga —contó ella.
—Ya decía yo, por cómo anda vestida —comentó el taxista, fijos los ojos en los dorados y bien torneados muslos de su pasajera—. Si hasta parece una princesa.
—Oh, gracias, es usted todo un galán —contestó ella.
Durante unos minutos taxista y pasajera continuaron en silencio, hasta que este fue roto por el repiqueteo del celular de la mujer.
La mirada del hombre, que se paseaba indiscreta y descarada, entre los muslos y el escote, a través del espejo retrovisor, fue atraída de golpe hacia el costoso teléfono y el gran anillo de oro, que brillaba junto a una fina pulsera de brillantes.
—Ya voy en camino —contestó la mujer—. Llego pronto, nos vemos.
— ¿Falta mucho? —preguntó ella al conductor.
—Al menos una hora —respondió él—. Es que es al otro lado de la ciudad.
—Pucha, que le vamos a hacer —se lamentó la mujer moviendo de tal forma el cabello, que el taxista casi se pasó al carril contrario, por estar más concentrado en ella que en el camino.
—Está un poco resbaladizo el pavimento —observó él para excusarse.
—Es mejor bajar la velocidad, aunque nos demoremos más en llegar —sugirió la pasajera.
—Tiene razón, señorita —coincidió el taxista—. Pero igual podemos ahorrar tiempo si nos vamos por un atajo.
—Claro, ¿por qué no? —aceptó ella jugueteando con su bolso de fiesta.
Tomando una calle lateral, el taxi siguió avanzando paralelo a la avenida por la que se movía originalmente, encontrando cada vez menos vehículos a su paso.
—Por aquí hay menos tránsito —observó la mujer, mientras el taxista tomaba otra calle.
—Nos vamos a ahorrar varios minutos por aquí —indicó el taxista.
— ¿Pero no nos estaremos desviando demasiado? —observó la mujer, al ver que ya las calles estaban completamente vacías y solitarias y la iluminación era cada vez más deficiente.
—Confíe en mí, señorita —respondió el conductor—. Un último desvío y tomaremos una avenida directa a nuestro destino, que nos hará llegar en cinco minutos más.
—En ese caso está bien —aceptó la mujer algo inquieta.
…
—Llegamos —indicó el chofer al cabo de un rato, estacionando el taxi en lo que parecía ser un pequeño cerro, ya que se podía ver las luces de la ciudad más abajo.
—Pero me trajo a otro lugar —protestó la pasajera—. Lléveme inmediatamente dónde le mandé.
—Vamos, mijita; no se haga la difícil —dijo el hombre bajando del auto y abriendo la puerta de la pasajera.
—No ando con dinero —dijo ella asustada.
—Pero sus joyas y su celular son muy caros —observó el tipo—. Además, usted y yo podemos llegar a un acuerdo.
—No, por favor no me haga nada —rogó la mujer tratando de correr para huir de su atacante.
—No se ponga tímida, que la vamos a pasar bien los dos —insistió el hombre rompiéndole el vestido, al sujetarla de él y atraparla entre sus brazos.
Desesperada ella trataba de zafarse de la presión con que el tipo trataba de dominarla. Sin éxito sintió como con facilidad el hombre la giraba para ponerla de cara a él.
—Sí, trata de defenderte —la desafió—. Que así me gustan más.
— ¡Dije que no! —gritó la mujer, abriendo una boca desmesuradamente grande y oscura, como una mancha de tinta negra, en medio de un rostro con las cuencas de los ojos vacías.
— ¿Pero qué diablos? —preguntó el taxista, soltándola y retrocediendo unos cuantos pasos.
— ¡Dije que no quiero! —agregó la mujer, con una voz áspera y cavernosa.
El hombre corrió atolondradamente, tropezando y cayendo varias veces en su escape. Su reciente valentía había desaparecido, dando paso al pánico, que es mayor en el abusador que de improviso se ve superado en fuerza.
— ¡No quiero! —continuaba gritando la mujer que se encontraba cada vez más cerca.
En su huida, el tipo se torció un tobillo; lastimando sus manos al caer, con las puntiagudas piedrecillas desparramadas por el suelo.
El dolor punzante en su pie no le permitía alejarse lo suficiente de su perseguidora, que estaba por darle alcance.
Las lágrimas le llenaron los ojos, cuando los dedos huesudos de la mujer lo afirmaron de los hombros. La sensación de fierros caliente quemándole la carne, lo bañó en sudor frío y el dolor hizo que se le retorcieran los intestinos, haciéndolo caer de bruces, incapaz de mantenerse de pie.
Abrazándolo con fuerza, la mujer lo atrajo hacia sí.
— ¡Bésame! —ordenó ella con una voz mezcla de lamento, quejido y jadeo, áspera como el rechinar de metales.
El desgarrador alarido del hombre fue apagado de golpe, cuando la negrura surgida de la boca y los ojos de la mujer lo envolvió completamente, arrastrándolo a un abismo sin fondo y sin tiempo.
La oscuridad de la noche era rota por las llamas que devoraban el taxi, que ardía hasta quedar reducido a una pila de fierros quemados.
…
El viento desplazaba suavemente las nubes; la luna juguetona se escondía y asomaba. La brisa tibia anunciaba que la lluvia pronto comenzaría a caer.
El taxi se detuvo lentamente en el paradero.
—Buenas noches —saludó el taxista—. ¿Dónde la llevo?
—Buenas noches —contestó la mujer, acomodándose en el asiento de atrás—, calle El Olmo número 13, por favor.
-Autor desconocido
El oso de la oscuridad 🐻

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