Esta historia me la contó mi abuelo hace mucho tiempo. Según él, en el pueblo donde vivió durante su juventud, ocurría un fenómeno sumamente extraño el 1 de noviembre de cada año, en una de las casas más viejas del lugar.
Cuando el reloj marcaba las doce campanadas, una luz se encendía en aquel vetusto caserón. Una noche un pequeño que vagaba por las calles, se acercó a una ventana y divisó a un infante que le pedía un pedazo de pan.
El chico regresó rápidamente a su casa para contarle a sus padres lo que había sucedido. Éstos quedaron tan impresionados al escuchar la crónica, que ni siquiera lo reprendieron por el hecho de andar solo a altas horas de la noche.
– Yo te creo hijo. Ahora mismo, le llevaremos un poco de comida a tu amigo. Dijo el padre del niño.
A medida que iban caminando por entre los callejones, el hombre se dio cuenta de que se dirigían a la casa abandonada.
– Aguarda hijo, este no es el camino, ya que aquí sólo está la casa que en alguna vez perteneció a los Gómez.
– Sí, papá es exactamente ahí donde vive mi amigo.
En ese momento, al sujeto se le pusieron los cabellos de punta, pues se dio cuenta de que las leyendas del día de muertos que versaban acerca de un muchacho que había fallecido en el sótano de esa propiedad, no eran un cuento, sino más bien una realidad.
Cuando estuvieron enfrente de la casa, el predio lucía completamente distinto. La puerta de metal estaba entreabierta, la hierba crecida y todos los ventanales rotos.
El chiquillo no daba crédito a lo que vio aquella noche en la que se recuerda a los niños que han muerto. El espíritu de la casa se había esfumado por completo.
El oso de la oscuridad 🐻

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