Lo conocí el día que murió su madre, tenía apenas ocho años. Al año su padre se volvió a casar; su madrasta no solo no lo quería sino que lo maltrataba hasta que un día huyó de la casa y se fue a vivir a otra ciudad donde se juntó con muchachos de mal vivir.
Creció en medio del abandono y la violencia. Al principio robaba por necesidad pero luego aquello se volvió una rutina.
Cuando tenía quince años, al arrebatarle el celular a un hombre este se defendió y le disparó. La bala atravesó a escasos centímetros del corazón, se salvó de milagro. Mientras estuvo internado en el hospital lo acompañé todas las noches. Ni yo hice preguntas ni él me dijo nada, tan solo permanecimos callados uno al lado del otro.
A la semana le dieron de alta, el hombre al que asaltó se compadeció y no lo denuncio. Al despedirnos le dije que cambie esa vida, que busque un trabajo. Él asintió con la cabeza. Y cada quien tomó su camino.
Supe que consiguió uno que otro trabajo pero la mala vida le ganó y volvió a lo de antes. Varias veces fue a parar a un reformatorio juvenil, hasta ahí fui a visitarlo y pedirle que deje el mal camino pero ya estaba muy dañado.
Acababa de cumplir dieciocho años, una noche se metió a robar a una casa, el guardián al percatarse de lo que sucedía disparó contra el bulto en la oscuridad. Paco no dudo en sacar su arma y vaciar todo el tambor en aquel desdichado.
Al verlo muerto se acercó para descubrir en medio de un charco de sangre el cuerpo sin vida de su padre. Retrocedió asustado buscando huir. En la puerta tropezó conmigo, sus ojos me miraron un instante antes de echar a correr y perderse en medio de la noche.
Aquel hecho hizo que dejara de robar durante unos días, por un instante pensé que tal vez cambiaria pero me equivoque.
Una mañana, cuatro hombres entraron a asaltar un banco, la seguridad respondió con fuego. Los delincuentes huyeron iniciándose una tenaz persecución, la gente corría despavorida a esconderse por temor a una bala perdida, de pronto el coche donde huían cruzó intempestivamente la luz roja y fue estrellarse contra un tráiler. Un estruendo y luego la nada.
El lugar se llenó de curiosos, se escuchó el ulular de las sirenas pidiendo pase. Sin que ellos lo notasen me acerqué al vehículo, aún estaba vivo, al verme sonrió y murmuró:
-Gracias por venir.
-Resiste Paco, saldrás de ésta, como otras veces.
-No… Por favor, te lo suplico –pidió con la voz entrecortada- si en algo me quieres, llévame contigo.
-Paco no me pidas eso…
-Por piedad –suplicó- no me abandones.
Las lágrimas me traicionaron, estreché su cuerpo casi desecho contra el mío, besé su frente en señal de aceptación mientras mis descarnados dedos cerraron sus ojos para siempre.
Autor: Mery Matthw
El oso de la oscuridad 🐻
Creció en medio del abandono y la violencia. Al principio robaba por necesidad pero luego aquello se volvió una rutina.
Cuando tenía quince años, al arrebatarle el celular a un hombre este se defendió y le disparó. La bala atravesó a escasos centímetros del corazón, se salvó de milagro. Mientras estuvo internado en el hospital lo acompañé todas las noches. Ni yo hice preguntas ni él me dijo nada, tan solo permanecimos callados uno al lado del otro.
A la semana le dieron de alta, el hombre al que asaltó se compadeció y no lo denuncio. Al despedirnos le dije que cambie esa vida, que busque un trabajo. Él asintió con la cabeza. Y cada quien tomó su camino.
Supe que consiguió uno que otro trabajo pero la mala vida le ganó y volvió a lo de antes. Varias veces fue a parar a un reformatorio juvenil, hasta ahí fui a visitarlo y pedirle que deje el mal camino pero ya estaba muy dañado.
Acababa de cumplir dieciocho años, una noche se metió a robar a una casa, el guardián al percatarse de lo que sucedía disparó contra el bulto en la oscuridad. Paco no dudo en sacar su arma y vaciar todo el tambor en aquel desdichado.
Al verlo muerto se acercó para descubrir en medio de un charco de sangre el cuerpo sin vida de su padre. Retrocedió asustado buscando huir. En la puerta tropezó conmigo, sus ojos me miraron un instante antes de echar a correr y perderse en medio de la noche.
Aquel hecho hizo que dejara de robar durante unos días, por un instante pensé que tal vez cambiaria pero me equivoque.
Una mañana, cuatro hombres entraron a asaltar un banco, la seguridad respondió con fuego. Los delincuentes huyeron iniciándose una tenaz persecución, la gente corría despavorida a esconderse por temor a una bala perdida, de pronto el coche donde huían cruzó intempestivamente la luz roja y fue estrellarse contra un tráiler. Un estruendo y luego la nada.
El lugar se llenó de curiosos, se escuchó el ulular de las sirenas pidiendo pase. Sin que ellos lo notasen me acerqué al vehículo, aún estaba vivo, al verme sonrió y murmuró:
-Gracias por venir.
-Resiste Paco, saldrás de ésta, como otras veces.
-No… Por favor, te lo suplico –pidió con la voz entrecortada- si en algo me quieres, llévame contigo.
-Paco no me pidas eso…
-Por piedad –suplicó- no me abandones.
Las lágrimas me traicionaron, estreché su cuerpo casi desecho contra el mío, besé su frente en señal de aceptación mientras mis descarnados dedos cerraron sus ojos para siempre.
Autor: Mery Matthw
El oso de la oscuridad 🐻

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